EL FASCISMO DE LOS INDEPENDENTISTAS DE ERC “ESCAMOTS D’ESTAT CATATALÀ” ANTES DE LA GUERRA CIVIL

David Odalric de Caixal i Mata: Historiador Militar, experto en Geoestrategia Internacional y Terrorismo Yihadista. Director del Área de Seguridad y Defensa de INISEG (Instituto Internacional de Estudios en Seguridad Global). Director del Observatorio contra la Amenaza Terrorista y la Radicalización Yihadista (OCATRY). Membership in support of the AUSA (Association of the United States Army) Miembro asesor de la Sección de Derecho Militar y Seguridad del ICAM (Ilustre Colegio de Abogados de Madrid). Membership in support of the Friends of the Israel Defense Forces. Miembro del Consejo Asesor del Likud-Serbia (Israel).  Miembro de Honor de la Academia Europea de las Ciencias, Artes y Humanidades.

Juventudes de Esquerra Republicana de Cataluña-Estado Catalán (Jerec).

Fue una organización política creada en 1931 que operó como rama juvenil de ERC y, según han defendido algunos historiadores, copió voluntariamente algunos aspectos del fascismo italiano y siguió los postulados violentos de Mussolini, por el que alguno de sus dirigentes declaró su admiraron. De hecho, este movimiento fundado por José Dencás y Miquel Badía adquirió pronto algunos elementos estéticos de las camisas negras, aquellas milicias creadas por el «Duce» para asaltar el poder en 1922: eligieron las camisas verde oliva como uniforme identitario, celebraron impresionantes desfiles de carácter paramilitar e impulsaron sus propias milicias, las conocidas guerrillas.

Los escamots del Estat Català, como se refería la prensa a sus militantes, jugaron un papel muy activo en el boicot de las huelgas convocadas por la CNT, su principal enemigo. También atacaron a sus adversarios políticos, a los que sometieron a un acoso continuo, y actuaron como cuerpos de seguridad en los mítines de las formaciones nacionalistas e independentistas. Eran tan intimidatorios y violentos que, durante los años de la República, sus acciones eran comparadas a las de los seguidores de Mussolini. Fue un debate muy común en los ambientes políticos de Cataluña entre 1931 y el comienzo de la Guerra Civil. Y aunque Dencás y Badía defendían que la función de sus guerrillas era simplemente defensiva, lo cierto es que era habitual verlos reventando mítines hasta de los rivales más moderados dentro del catalanismo, por el simple hecho de no coincidir con su radical postura de apoyo al sector más extremista del Estat Català. Una de las más notorias operaciones del Procés independentista ha sido el vaciado sistemático del lenguaje para manipularlo a su antojo desde la más absoluta banalización. Si preguntáramos por la calle la definición de vocablos como libertad, democracia, referéndum o legalidad encontraríamos un triunfo de la polisemia que, en realidad, es la victoria de la banalización para controlar parte de la opinión pública a través de una manipulación deliberada. Sin embargo, el fenómeno es global y debe enmarcarse en la banalización de los contenidos. Por eso durante estos últimos años la acusación de fascismo ha salido a relucir por todas partes con demasiada facilidad para descalificar al adversario cuando muestra más bien una evidente falta de argumentos.

Definir al movimiento independentista catalán como fascista es peligroso, entre otras cosas por emplear ese paradigma del mal del siglo veinte en los tiempos presentes. Decía el historiador Josep Fontana que cambian las definiciones y se mantiene el cuerpo que las configura. Esa constante histórica debe valorarse siempre desde la prudencia y una clara conciencia de lo diferente de cada tiempo histórico, que como es comprensible toma valores de otras épocas y los adapta. De este modo todo puede parecerse, pero nada es igual que antaño. La cuestión fascista con relación al separatismo ha salido a relucir con más fuerza desde el momento en que se nombró Quim Torra, Presidente de la Generalitat, el cual se declaró admirador de los hermanos Badía y Josep Dencás, los nombres malditos del catalanismo histórico por una serie de contactos y procedimientos afines a los propugnados desde Italia y Alemania por Benito Mussolini y Adolf Hitler. ¿Ha existido o existe un fascismo catalán?

Similitudes entre el nazismo y los radicales de las juventudes de ERC antes de la guerra.

Pero, ¿quién eran estos? Badía fue el líder oficial de esta organización y llegó a participar en el atentado frustrado contra Alfonso XIII en 1925. Después fue secretario de Orden Público de la Generalitat, poco antes de organizar las milicias paramilitares de las Jerec. Dencás, por su parte, fue el ideólogo principal, un militante de ERC que siempre se mostró abiertamente partidario de la independencia, hasta el punto de que fue uno de los promotores de la autoproclamación del Estado catalán en 1934. Se produjo prácticamente en los mismos días en que, efectivamente, declaró ante el diplomático italiano Alessandro Masseroni «su entusiasta admiración por la ética del fascismo, cuyos principios sustanciales espera poder realizar un día en Cataluña», en palabras del historiador Arnau González. El ministro de Trabajo, Sanidad y Previsión Social durante la Segunda República, Juan Lluhí, los describió durante uno de sus discursos en el Parlamento catalán como «una organización de tipo fascista… francamente fascista». Procedentes de una familia campesina de Lleida, los hermanos Badía aterrizan en la Barcelona de los años 20 y rápidamente se alinean en los grupos de nacionalismo radical. Miquel se afilia a La Bandera Negra (dependiente de Estat Català) y participa en el «complot del Garraf» para asesinar a Alfonso XIII, lo que le llevó a prisión hasta la caída de Primo de Rivera, cuando fue amnistiado.

Con la llegada de la Segunda República se pone al frente de las juventudes de Estat Català al tiempo que se convierte en mano derecha del Conseller de la Generalitat Josep Dencàs, lo que le llevaría a convertirse en jefe de los servicios de orden público de la Generalitat, desde los que reprimió sin compasión a los sindicalistas y anarquistas desde los comandos paramilitares de las JEREC -precedente de la JERC-. El 28 de abril fue asesinado, junto a su hermano Josep, por pistoleros de la FAI como represalia por su anterior campaña contra el pistolerismo.

Imagen del funeral de los Hermanos Badía

¿Quién era exactamente el “Capità Collons”? Se trata de Miquel Badia i Capell, un fascista que pasó a la posteridad como una de las figuras más violentas de la Cataluña preguerra civil. Lideró el grupo terrorista Bandera Negra. Esa organización era una especie de comando paramilitar fundado en 1925. Se convirtió en el brazo armado del partido independentista Estat Català, que promulgaba llegar a la independencia mediante la insurrección. Una formación que tuvo contactos con Benito Mussolini por las muchas afinidades que compartía. Tanto Miquel Badia como su hermano Josep eran conocidos en la Barcelona preguerra civil como torturadores y asesinos. Y como el que a hierra mata, a hierro muere, fueron ellos, los anarquistas de las FAI, los que los acabaron ajusticiando a tiros a los dos hermanos juntos. Sucedió el 28 de abril de 1936 en la calle Muntaner de Barcelona. Hasta ahí se desplaza cada año Quim Torra, para rendirles honores a los dos hermanos terroristas. Este artículo se encabeza con una fotografía. Corresponde a un desfile de los Escamots de Estat Català el domingo 25 de octubre de 1933. La imagen impacta desde una serie de detalles reconocibles para el espectador. Las torres venecianas de la “Plaça d’Espanya” quedan atrás y unos jóvenes en formación militar desfilan convencidos ataviados con uniformes que recuerdan a los de otros países, algo normal en la Europa, del momento, donde muchos partidos políticos de uno u otro pelaje tenían formaciones paramilitares y defendían la opción insurreccional para conseguir sus objetivos. Esa misma tarde Josep Pla escribió sobre la efeméride. Decía que Francesc Macià, por aquel entonces Presidente de la Generalitat republicana, hacía un flaco favor a Cataluña dando salida a sus veleidades de coronel.

Pla, que fue corresponsal en Italia durante la marcha sobre Roma de 1922, añadía que la experiencia histórica del Viejo Mundo demostraba la gravedad de jugar con escuadras y parafernalias marciales por las calles. Lo veía como un síntoma para preparar las condiciones objetivas de una dictadura.

No son pocos los historiadores que defienden que las Juventudes de Esquerra Republicana de Cataluña (Jerec), creadas en 1931, copiaron los postulados violentos del «Duce» y admiraron su figura.

A lo largo de su centenaria historia el catalanismo ha sufrido una serie de mutaciones más que comprensibles. La idea inicial, de amplio espectro federalista, se concretó en 1901 mediante la fundación y entrada en escena de la Lliga Regionalista, que con tan sólo un mes de existencia consiguió representación en las Cortes Españolas, iniciándose así su dominio en el panorama catalán hasta 1931, cuando ERC tomó su relevo. Las tres décadas dominantes de la formación de Prat de la Riba y Cambó ilustran puntos de un ADN aún palpable en las señas de identidad catalanistas, desde el valor del civismo hasta el antimilitarismo, este último simbolizado en la formación de Solidaritat Catalana tras el ataque del ejército a las sedes de la revista satírica Cu-Cut! y del periódico “La veu de Catalunya” a finales de noviembre de 1905.

Pero muchos hispanistas británicos de la segunda mitad del siglo XX no lo ven así. A menudo presentaron definiciones donde sí comparaban la doctrina de las Jerec con la creada por Mussolini en Italia. Gerald Brenan (1894-1987), por ejemplo, declaró que estas juventudes de ERC «eran fascismo catalán». Gabriel Jackson fue un poco más cauto y las calificó de «casi fascistas». Hugh Thomas, fallecido en 2017, utilizaría el término «semi-fascistas», pero subrayando que las guerrillas de las Jerec estaban, efectivamente, «moldeadas según la milicia fascista». Mientras que la historiadora María Dolores Ivern y Salvá concluyó más recientemente que estas tuvieron «algunas características propias de una organización o partido fascista, pero sin llegar a serlo estrictamente». El hispanista Stanley G. Payne defendía recientemente que el nacionalismo catalán ha funcionado casi siempre dentro de un contexto liberal y generalmente democrático. El autor de «Historia del fascismo, 1941-1945» (Planeta, 1995) cree que en eso se diferencia de la mayoría de los nacionalismos europeos que, desde la segunda mitad del siglo XIX, han tendido a deslizarse hacia la derecha, llegando a su expresión más extrema en los fascismos alemán e italiano de las décadas de 1920 y 1930. Pero añadía después que las Jerec serían la excepción a dicha afirmación.

Las 9 semejanzas demoledoras entre la estética de los nazis y los separatistas: Fuente: https://www.elespanol.com/espana/politica/20181114/ver-creer-semejanzas-demoledoras-estetica-nazis-separatistas/353215694_0.html

Estos valores positivos no excluyen otros de cariz bien distinto. Tras la unidad inicial el catalanismo político se dividió entre una derecha sólida y una izquierda errante en busca de una concreción que le permitiera aspirar al poder. Los enemigos eran claros. De un lado, el Lerrouxismo, azote tanto de los defensores de una nueva integración con España como de los anarquistas, prevalecientes en el universo obrero hasta 1936 y supervivientes del odio de clase esgrimido desde la burguesía adepta a la Lliga y los núcleos independentistas. La consecución en 1914 de la Mancomunitat, primera descentralización de la España Contemporánea, coincidió con el estallido de la Primera Guerra Mundial y el canto de libertad para las Naciones sin Estado propugnado por el Presidente estadounidense Woodrow Wilson, quien sobre todo pensaba en núcleos poblacionales pertenecientes al Imperio Austrohúngaro. Este aire independentista conllevó la intensa campaña pro Estatut de Autonomía de 1918-1919, arruinado cuando la cuestión social hizo que Cambó prefiriera defender la cartera a la bandera. Tras la conclusión del conflicto bélico se gestó en Europa una ola de desencanto, auténtica madre de una serie de totalitarismos, cultivados sobre todo entre los perdedores del envite, bien fueran veteranos del ejército o grupos extremistas incapaces de aceptar la derrota. En 1919 el fascismo recibió carta de fundación en la piazza San Sepolcro de Milán a manos de un antiguo socialista. En Alemania la atmósfera también era propicia para ese giro copernicano, como explica Thomas Weber en su espléndido ‘De Adolf a Hitler’. Hasta España, sumida en una crisis sistémica sin parangón, sintió esa veleidad con el ascenso al poder en 1923 de Miguel Primo de Rivera, a quien Alfonso XIII quería hacer su Mussolini.

Semillas del fascismo a la catalana

Fue en ese paréntesis cuando surgió el independentismo catalán, reforzado por la Dictadura del general jerezano. Por aquel entonces sus fuentes de inspiración provenían de Irlanda y Lituania, ejemplos de liberación a los que se unió el modelo militarista a partir de la trayectoria de Francesc Macià, fundador de Estat Català y protagonista del intento frustrado de invasión de Catalunya en 1926 desde Prats de Molló.

El fracaso de su órdago supuso un magnífico trampolín de despegue para su causa al internacionalizar la idea en un juicio donde su nombre se propulsó al estrellato y le permitió conseguir un importantísimo capital carismático que digirió desde Bélgica, a la espera de la caída del padre del fundador de la Falange.

Milicianos de Estat Català, desfilando por Barcelona en 1936.

Asimismo, durante los años veinte se produjo un gran incremento de la inmigración española en Cataluña. Las estadísticas muestran como durante ese decenio la población barcelonesa creció en más de trescientos mil habitantes, fruto en parte de los trabajadores murcianos del metro de la Ciudad Condal y los empleados en construir los edificios de la Exposición Internacional de 1929, hacinados en casas baratas y barracas que permanecieron casi hasta la inauguración de los Juegos Olímpicos.

Desilusión y guerra

Companys, a quien el procesismo ha desdibujado para realzar su injusto fusilamiento tras la Guerra Civil, y sus partidarios propugnaban una vía democrática bien distante al culto a la personalidad que desde Estat Català se realizaba para con la figura de Francesc Macià. La primera desilusión de la nueva era llegó con la breve república catalana del 14 de abril. L’Avi la proclamó desde el balcón de la Generalitat integrándola en una inexistente Federación Ibérica. El asunto le valió a Catalunya el Estatut de 1932 y desató la progresiva radicalización del sector independista, cuyos miembros eran originarios del mundo rural. La juventud, tan apreciada por los fascismos, cobró relevancia con las, valga la redundancia, JEREC, Joventuts d’Esquerra Republicana de Catalunya, A las que muchos vieron como émulos de los squadristi mussolinianos. Sus líderes son la página negra del catalanismo entre torturas, ataques a redacciones de prensa, cuadros jerárquicos, represión del anarquismo, exaltación del paramilitarismo y un culto a la violencia más explosivo si cabe desde que se transfirieron las competencias de orden público a la Generalitat. Ese momento sitúa en el primer plano a Josep Dencás y los hermanos Badia.

El primero se definía como nacional socialista y ocupó la consejería de Gobernación hasta la revuelta de octubre de 1934, cuando tras la proclamación del Estado Catalán dentro de la quimérica república federal española huyó para no volver por las alcantarillas del Palau de la Generalitat. Antes sondeó al cuerpo diplomático italiano en Barcelona en busca de eventuales apoyos. Los segundos fueron adalides de la lucha armada para lograr su sueño emancipador del resto de España. Los Badia, jóvenes turcos de la Cataluña republicana, volvieron al país tras las elecciones de febrero de 1936, quisieron reorganizar la componenda militar de Estat Català, ya separada de ERC, y fueron asesinados en el centro de Barcelona a media tarde del 28 de abril de 1936 por miembros de la FAI como represalia por sus anteriores actos contra los anarquistas. Aún hoy en día se les homenajea en esa esquina de las calles Muntaner con Diputació. Un vídeo de Youtube nos ofrece el acto de 2013, con la presencia de Quim Torra y Oriol Junqueras. Ninguno de los dos resalta lo esgrimido en este artículo. La omisión del pasado molesto es el fuego que enciende las llamas del presente. En mayo de 1936, las Jerec experimentaron una fuga de miembros al nuevo grupo juvenil Joventut d’Estat Català. Fue perdiendo importancia hasta que, en 1937, ya iniciada la Guerra Civil, se unió con otras organizaciones políticas de acción catalanistas en el llamado Front de la Joventut.