LOS INTERESES GEOPOLÍTICOS Y GEOESTRATÉGICOS DE LA CHINA COMUNISTA EN ÁFRICA

David Odalric de Caixal i Mata: Historiador Militar, experto en Geoestrategia Internacional y Terrorismo Yihadista. Director del Área de Seguridad y Defensa de INISEG (Instituto Internacional de Estudios en Seguridad Global). Director del Observatorio contra la Amenaza Terrorista y la Radicalización Yihadista (OCATRY). Membership in support of the AUSA (Association of the United States Army) Miembro asesor de la Sección de Derecho Militar y Seguridad del ICAM (Ilustre Colegio de Abogados de Madrid). Membership in support of the Friends of the Israel Defense Forces. Miembro del Consejo Asesor del Likud-Serbia (Israel).  Miembro de Honor de la Academia Europea de las Ciencias, Artes y Humanidades.  Analista del Grupo de Investigación del EU-HYBNET (Red Europea en Amenazas Híbridas)

Para el gigante asiático, África es un aliado idóneo para lograr sus ambiciones geopolíticas a largo plazo y para el continente africano, Pekín puede ser un socio estratégico para su desarrollo. Pero a golpe de talonario, China ha ido tejiendo en África una influencia económica, política y cultural que está dejando al continente africano en una posición de dependencia cada vez más acusada.

La estrategia china de “salir fuera”, planteada en el año 1999, se desarrolló sobre dos pilares. El primero, era asegurar el acceso a los recursos naturales; el segundo, era el fomento de una adaptación de las empresas chinas hacia una mayor competitividad en una economía de carácter global. Por otra parte, el incremento de este carácter global por parte del sector empresarial chino ha contribuido a una pérdida del control por parte de las autoridades sobre las compañías radicadas en el exterior.

De forma general, se tiende a identificar las acciones de China en el continente africano como sinónimas de un proceso de explotación de recursos sin ningún tipo de respeto por los esfuerzos de los países africanos en la mejora de su propia gobernanza. Las críticas más comunes se orientan hacia una supuesta implicación de China orientada exclusivamente hacia la explotación de los recursos naturales, que no sólo favorecería la continuidad de los regímenes de corte autoritario, sino también contribuiría a minar los esfuerzos internacionales para fomentar el desarrollo de la democracia y el respeto de los derechos humanos, contribuyendo con ello a favorecer la expansión de la corrupción y la degradación ambiental y social. Recordemos que a finales de 2018 y en presencia de casi 50 jefes de Estado de la práctica totalidad de países de África, el presidente chino, Xi Jinping, anunció en Pekín un ambicioso paquete de inversión para el continente.

Si Jinping cumple su promesa, China desembolsará durante los próximos tres años en África 60.000 millones de dólares (cerca de 52.000 millones de euros), en forma de préstamos sin intereses, líneas de crédito, fondos para el desarrollo y apoyo a los países receptores para financiar sus exportaciones a China, además de fomentar la inversión directa de empresas chinas en los países africanos.  La presentación de esta nueva fase de un ‘plan Marshall’ chino para África que tiene la intención declarada de contribuir a su industrialización y a sacarla de su crónico subdesarrollo estuvo marcada por la camaradería y la euforia. Pero algunos expertos advierten de los riesgos que para los países del continente supone endeudarse masivamente con una potencia mundial que ya ha sido acusada de prácticas neocolonialistas en sus tratos con naciones más pobres.

La relación entre China y África ha llamado la atención del todo el mundo hace poco, sólo hace unos diez años. Sin embargo, si buscamos el origen de esta relación, según el libro que se repartió en la Cumbre de Pekín del Foro de Cooperación China-África en el año 2006, puede remontar hasta el primer siglo antes de Cristo, en que el misionero Zhang Qian llegó a la orilla sur del mediterráneo por la ruta de seda y regaló unas ropas de seda a la famosa reina Cleopatra. Después de unos siglos, en la dinastía Tang (618-907) que era la época más prospera en la historia china, mantuvieron diversos negocios entre las dos partes. Lo verifica el hallazgo de monedas chinas antiguas en Kenia y en Zanzíbar. En la dinastía Song (960-1276), el comercio entre las dos partes logró desarrollarse, los productos chinos penetraron aún un poco más en el interior del continente africano. Esta relación prosperó y luego se cortó de repente en la época de Zheng He de la dinastía  Ming (1368-1644). A diferencia de los colonizadores europeos, la relación entre China y África sólo se marcó por la comunicación entre los reyes, y algunos animales africanos que trajeron a China con la flota de Zheng He, como la jirafa. Por unos motivos interiores y exteriores, las explotaciones exteriores de China pusieron su fin después de la muerte del famoso navegante Zheng He.

Fuente: OCATRY (Observatorio contra la Amenaza Terrorista y la Radicalización Yihadista) www.ocatry.org

Desde aquel entonces, la relación entre China y África no se restableció sustancialmente hasta la fundación de la nueva China en el año 1949. A partir de este momento, las relaciones entre China y África se intensificaban cada vez más. Durante el proceso de la internacionalización de todo el mundo, África nunca ha sido para China un continente lejano y misterioso como en la antigüedad, sino un socio muy importante en la red de las relaciones internacionales.

La economía del gigante asiático acostumbraba a avanzar a una media del 10% anual en las últimas décadas, y solo en los últimos años este ritmo ha comenzado a desacelerarse paulatinamente. Lo que ha sostenido este explosivo crecimiento ha sido, principalmente, las inversiones de carácter público y privado y las exportaciones. Particularmente desde comienzos de siglo, las inversiones crecieron exponencialmente, hasta llegar a sobrepasar la mitad del PIB, principalmente en el sector inmobiliario y en infraestructuras. Pero este modelo de crecimiento plantea ciertos dilemas. En primer lugar, necesita el aprovisionamiento constante de energía y de otros materiales para poder llevar a cabo la materialización de los proyectos de inversión —China, a pesar de su tamaño, es relativamente pobre en recursos naturales—. Y, en segundo lugar, hace que el consumo quede rezagado y se generen excedentes que el mercado interno chino no puede absorber, los cuales son, en última instancia, exportados. Por consiguiente, para el correcto funcionamiento de este modelo se necesitan proveedores de materias primas y mercados en el exterior que absorban la sobreproducción china. Y es aquí cuando entra en juego el continente africano.

Con la entrada de los 2000 el modesto comercio sino-africano se disparó, coincidiendo con la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio. Para 2009, China ya era el primer socio comercial de África, desbancando a Estados Unidos. En cuanto a materias primas, China se ha convertido en el mayor importador de petróleo del mundo, y parte del mismo lo importa, por ejemplo, de Sudán y de Angola. Alternativamente, también se abastece de uranio para su energía, para lo cual se sirve de Namibia y Níger. Otros recursos africanos —el hierro, el cobre, el zinc, etcétera—, provenientes de distintos países, también han sido esenciales para mantener el buen desempeño del sector secundario chino. Y en plena carrera tecnológica, China se nutre del cobalto y el coltán de la República Democrática del Congo. En total, se estima que un tercio de la inversión china en África se destina al sector minero.

Por su parte, África es un continente que afronta unos desafíos cada vez más acuciantes tanto en lo económico como en lo social. Las economías africanas siguen adoleciendo de una escasa diversificación, lo que las hace muy vulnerables a los precios de las materias primas y a las condiciones climáticas. La dependencia del sector primario y de las actividades extractivas provoca que, por un lado, el empleo de la mayoría de la población sea volátil, poco cualificado y tenga escaso valor añadido y, por otro, que buena parte de los ingresos nacionales apenas redunde en el empleo local. No obstante, con sus defectos, estas economías tendrán que hacer frente a un fenómeno estructural irreversible: el incremento de la demanda de empleo. La juventud del continente —cuya media de edad se sitúa en los 19 años—, unido al incremento demográfico —la población se doblará en treinta años— , hará que cada año al menos 10 millones de africanos se incorporen al mercado de trabajo. 

Lo que puede ser planteado como una grave amenaza —una perspectiva que suele adoptarse desde Europa— también puede ser entendido como una gran oportunidad. Bien gestionado, combatiendo las debilidades estructurales y proveyendo de oportunidades, el crecimiento demográfico puede ser el gran acicate del desarrollo africano —como demuestra el prometedor crecimiento de sus economías— y China, como gran apostador del continente, es el mejor posicionado para aprovecharse de su potencial.  Lo cierto es que el gigante asiático está contribuyendo a la necesaria diversificación de las economías africanas, puesto que sus inversiones, además de la explotación mineral, alcanzan las industrias, la construcción y el sector servicios. Por un lado, los puertos, aeropuertos, carreteras, puentes, hospitales o colegios construidos por empresas chinas posibilitan aminorar el gran déficit de infraestructuras del continente africano, una rémora para su desarrollo e integración. Por otro lado, la incipiente deslocalización de manufacturas chinas está promoviendo tanto la incorporación de ciertos países africanos a las cadenas de valor globales —aunque en los escalafones más bajos— como la creación de actividades intensivas en mano de obra que ayudan a absorber la demanda laboral en unas ciudades en aumento.

Actualmente, el sector secundario apenas genera el 11% de los empleos al sur del Sáhara —menos de la mitad que en el resto del mundo—, por lo que el margen de mejora es evidente. Asimismo, se estima que entre el 80% y el 90% de la mano de obra contratada por empresas chinas en África es natural de este continente, si bien el porcentaje baja contundentemente conforme se asciende en la jerarquía empresarial. Además, según diversos estudios, la mayoría de empresas chinas proveen de cierta cualificación a sus empleados. Pero lejos de la idealización de este tipo de prácticas, la corrupción y las nefastas condiciones laborales también son características de determinados negocios chinos en África. El entusiasmo que reinaba en la cumbre de Pekín, sin embargo, no es compartido por muchos observadores, que alertan de lo difícil que -pese a las condiciones ventajosas ofrecidas- será para muchos devolver tanto dinero y de las posibles consecuencias del impago. Los países africanos beneficiarios -que acumulan ya una deuda de 100.000 millones de dólares a China- podrían quedar comprometidos durante generaciones e incluso haber de ceder al gigante asiático parte de las infraestructuras y proyectos construidos con yuanes.

El presidente de China, Xi Jinping, entre los presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, y del Senegal, Macky Sall, durante la cumbre China-África celebrada en Pekín el pasado 4 de septiembre. /REUTERS / LINTAO ZHANG

Según datos del Proyecto de Investigación China-África, que se dedica a estudiar las relaciones entre las dos partes, el 72% de la deuda bilateral de Kenia es con China, una situación de dependencia que también tienen países como Zambia, la República del Congo o Yibuti, un pequeño país ubicado en el cuerno de África en el que China ha abierto su primera base militar en el extranjero y sobre el que el Fondo Monetario Internacional expresó su preocupación tras alcanzar su deuda externa el 85% de su PIB. Otra de las preocupaciones en torno a los acuerdos del régimen comunista de Pekín en África es la falta de transparencia de las dos partes sobre los detalles y las condiciones. Algunos de los compromisos más importantes se han firmado con Sudáfrica, cuyas dilapidadas empresas públicas recibirán créditos millonarios indispensables para su supervivencia. La oposición ha pedido que se haga público el acuerdo, a lo que el gobierno se ha negado apelando a su confidencialidad. Este secretismo, que es común en las operaciones comerciales chinas en países generalmente poco democráticos como los africanos, despierta las sospechas sobre las condiciones de los préstamos, y hace temer que algunos dirigentes hayan hipotecado sus países a cambio de acceder al dinero rápido que necesitan para sobrevivir y presentarse con popularidad a las elecciones.

El año 2020 ha sido indudablemente el peor para la humanidad en lo que va de siglo, cientos de miles de personas muriendo por una pandemia, economías arrasadas, hambre, sufrimiento, incertidumbre. En prácticamente todos los países del mundo ha reinado la angustia, en todos menos uno al que la situación le ha venido bastante bien: China. A ciencia cierta, y basándonos en los hechos verificables, es temprano para determinar si el coronavirus que hoy invade al mundo fue una creación de China o si fue un accidente que se salió de control, lo que sí está demostrado es que el Partido Comunista sabía de esta amenaza antes que se esparciera por el planeta y no hizo absolutamente nada para detenerlo, sino todo lo contrario: presionaron para que la OMS no declarara una pandemia a principios de año y permitieron la salida de sus ciudadanos del país al resto del mundo, mientras cerraban sus propias ciudades. De cualquier forma, su culpabilidad es innegable, gracias a ellos hoy millones de personas pasan hambre, miles lloran sus pérdidas familiares y las economías del planeta sufren tempestades, y es allí, en este último apartado donde China está sacando provecho. Mientras el mundo se encuentra en una profunda recesión económica, China ha sido el único país en presentar números positivos en el segundo trimestre del año, su PIB creció un 3,2 % interanual en este período, contradiciendo los pronósticos de especialistas económicos que esperaban un desempeño negativo, tal como ocurre en casi todo el mundo, por lo que en términos nominales, la riqueza total de China en el primer semestre del año se situó en 6,53 billones de dólares. Bajo este contexto, la influencia de China también se ha multiplicado, el país asiático ha prestado más dinero a los países en desarrollo —una gran mayoría ubicados en África— que el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y todos los demás gobiernos del mundo. Estudios han estimado que la deuda del mundo con China ya se encuentra por encima de los 5 billones de dólares, una cifra que equivale al 6 % del PIB de todo el mundo. Países como Yibuti, por ejemplo, tienen una deuda por encima del 100% de su PIB; mientras que otro grueso de naciones en desarrollo en África —pero también en Asia y América Latina— tienen deudas con el gigante asiático que van desde el 10 al 40 % de su PIB, siendo Venezuela, por ejemplo, el país con las mayores reservas de petróleo del mundo, y que tiene una de las más grandes reservas de gas, oro y otros minerales, uno de los más comprometidos con China.

Este nuevo matrimonio África-China ha despertado admiración y críticas a partes iguales. Son muchos los que desconfían de los intereses de China y del cumplimiento de todos los proyectos e inversiones que se ha comprometido a realizar. Fuente: OCATRY (Observatorio contra la Amenaza Terrorista y la Radicalización Yihadista) www.ocatry.org

China no es autosuficiente en materias primas, así que las tiene que importar desde el exterior. Uno de los principales beneficiados de estas demandas chinas es África. El continente que fue explotado y expoliado en el S.XIX por las potencias coloniales, vive hoy en día, en el S.XXI, una nueva forma de colonialismo. Se puede considerar a China una potencia neocolonial en África. El objetivo es el mismo: abastecerse de materias primas a un buen precio y en gran cantidad, pero el modus operandi ha cambiado. Lo que actualmente está ocurriendo entre China y África no es la explotación colonial del S.XIX, sino una forma de abastecerse a través de la cooperación bilateral.

El gobierno chino recibe materias primas por valor de miles de millones, pero a la vez realiza cuantiosas inversiones y pone en marcha proyectos que ayuden al desarrollo de los países con los que comercia. De esta forma encontramos que China está financiando la construcción de autopistas, centrales hidroeléctricas, viviendas sociales, aeropuertos. La relación se ha formalizado con la creación del FOCAC (Forum on China-Africa Cooperation). Desde el año 2000 ha habido cuatro cumbres en las que se han reunido políticos y empresarios chinos con los gobiernos africanos. Hoy en día en la capital de Kenia, Nairobi, ya pueden verse carteles escritos en chino donde se anuncia la construcción de diversos proyectos inmobiliarios e infraestructura. De hecho, la línea ferroviaria Kampala-Nairobi-Mombasa la están realizando constructores chinos. Ya poco se mueve en esta parte del mundo sin que pase primero por la aprobación del Partido Comunista de China.

Con medio mundo a sus pies, China escapa de las acusaciones en tribunales y rompe tratados internacionales sin problemas ni temores, aun no son “oficialmente” los dueños del mundo, pero ya actúan como si lo fueran. De hecho, han aprovechado la crisis del coronavirus y todo lo que ha producido para terminar de poner sus tenazas en Hong Kong y romper el histórico acuerdo firmado con el Reino Unido. La ley de seguridad aprobada el pasado mes quiebra la autonomía que tenía esta zona especial de China sin que haya encontrado obstáculos, y por si esto fuera poco, tras Hong Kong, ahora han anunciado que también irán por Macao, la otra región semiautónoma del país que llegó a pertenecer a Portugal. No siendo suficiente con expandir su influencia en África y América Latina, China también ha buscado la forma de apoderarse de las rutas navegables a su alrededor, en el Mar de China Meridional, Pekín ha estado construyendo islas artificiales con el propósito de establecer una ampliación de su “territorio” que le conceda un mayor control marítimo. Junto a ello ha estado llevando barcos a navegar por la zona para afianzar sus reclamaciones territoriales, pese a las protestas de Vietnam y Filipinas. Los países implicados en el conflicto cuentan con el apoyo exclusivo de Estados Unidos, un país sumergido en una aguda crisis política que cada vez encuentra dentro de sus propias fronteras a más norteamericanos identificados con el comunismo totalitario de China en vez del capitalismo liberal estadounidense, abanderados por un ala radical del partido demócrata e influyentes medios de comunicación.

Por la zona —que hoy China se quiere anexionar de forma autoritaria instalando islas artificiales— circula el 30 % del comercio global y alberga el 12 % de los caladeros mundiales, además de yacimientos de petróleo y gas. A pesar de las favorables cifras de comercio, las más de 10.000 empresas y 200.000 trabajadores chinos, y las crecientes inversiones —que aun así no representan ni la mitad de lo que China invierte en Asia o Europa— en África, la economía no lo acapara todo: es solo la pieza que sirve de base de unas aspiraciones geopolíticas mucho más profundas y multifacéticas. En su carrera hacia la supremacía mundial, China ha reservado a África un lugar muy relevante de su estrategia a largo plazo, encontrando en el continente no solo a un aliado dócil y provechoso, sino un laboratorio en el que poner en práctica su modelo de hegemonía. En el win-win preconizado el beneficio mutuo nunca fue sinónimo de equitativo. De hecho, resulta cada vez más evidente que la resaca del mismo está dejando al continente africano en una posición de supeditación económica respecto a Pekín, cuya red de influencia, que comenzó a tejerse por la economía, sigue expandiéndose en el ámbito político, cultural y de seguridad. 

El nuevo perfil en las relaciones sino-africanas y las ambiciones chinas han cambiado la percepción de Occidente con respecto a África, desplazando a potencias europeas y a los Estados Unidos de algunas de sus tradicionales áreas de influencia. La creciente implicación de China en África a través de la seguridad, motivada por la expansión de sus intereses más allá de su tradicional entorno cercano, se produce ante la necesaria protección de sus intereses en el exterior y la necesidad de asumir una mayor responsabilidad en la esfera internacional, factores que están ejerciendo una gran influencia en la evolución del tradicional principio de no interferencia, característico de la acción exterior de China desde su formulación en1953 por el primer ministro Zhou Enlai.

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