La filantropía privada entró en la brecha. Una serie de fundaciones aportaron decenas de millones en fondos para la administración electoral.

Párrafos clave que me envía mi amigo Luis Fraga del artículo de TIME.

Ambas sorpresas fueron el resultado de una alianza informal entre activistas de izquierda y titanes empresariales. El pacto se formalizó en una declaración conjunta de la Cámara de Comercio de EE.UU. y la AFL-CIO, escasamente conocida, publicada el día de las elecciones. Ambas partes llegarían a verlo como una especie de acuerdo implícito -inspirado por las masivas y a veces destructivas protestas por la justicia racial del verano- en el que las fuerzas del trabajo se unieron a las del capital para mantener la paz y oponerse al asalto de Trump a la democracia.»

Aunque gran parte de esta actividad tuvo lugar en la izquierda, fue independiente de la campaña de Biden y cruzó las líneas ideológicas, con contribuciones cruciales de actores no partidistas y conservadores. El escenario que los activistas en la sombra estaban desesperados por detener no era una victoria de Trump. Era una elección tan calamitosa que no se podía discernir ningún resultado, un fracaso del acto central de autogobierno democrático que ha sido un sello de Estados Unidos desde su fundación.

Su trabajo afectó a todos los aspectos de las elecciones. Consiguieron que los estados cambiaran los sistemas de votación y las leyes y ayudaron a conseguir cientos de millones de dólares en fondos públicos y privados. Se defendieron de las demandas por supresión de votantes, reclutaron ejércitos de trabajadores electorales y consiguieron que millones de personas votaran por correo por primera vez. Presionaron con éxito a las empresas de redes sociales para que adoptaran una línea más dura contra la desinformación y utilizaron estrategias basadas en datos para luchar contra las difamaciones virales. Llevaron a cabo campañas nacionales de concienciación pública que ayudaron a los estadounidenses a entender cómo se desarrollaría el recuento de votos a lo largo de días o semanas, impidiendo que las teorías conspirativas y las falsas afirmaciones de victoria de Trump cobraran más fuerza. Tras la jornada electoral, vigilaron cada punto de presión para asegurarse de que Trump no pudiera anular el resultado»

Es interesante el papel que el informe asigna a Mike Podhorzer, asesor principal de AFL-CIO (principal central sindical en los EEUU): «Podhorzer, senior adviser to the president of the AFL-CIO, the nation’s largest union federation, has marshaled the latest tactics and data to help its favored candidates win elections.», y el informe llega a definir a Podhorzer como «arquitecto» de toda la estrategia. Que se puede resumir así:  repetir una y otra vez que Trump no aceptará el resultado, y que por lo tanto «la democracia en USA está en peligro»

A Podhorzer, y con él coordinados, sumaron sus esfuerzos diversas organizaciones como Greenpeace y «planned Parenthood» , enttre otras joyas: «Podhorzer empezó a trabajar desde su ordenador portátil en la mesa de su cocina, celebrando reuniones de Zoom consecutivas durante horas al día con su red de contactos en todo el universo progresista: el movimiento obrero; la izquierda institucional, como Planned Parenthood y Greenpeace; grupos de resistencia como Indivisible y MoveOn; frikis y estrategas de datos progresistas, representantes de donantes y fundaciones, organizadores de base a nivel estatal, activistas por la justicia racial y otros.»

El epígrafe «securing the vote» describe cómo se organiza una inmensa maquinaria electoral para , entre otros puntos, fomentar y asegurar el voto por correo y «reforzar la administración electoral». Así los activistas consiguen que el Congreso desvíe fondos (¡400 millones!) del COVID a la «administración electoral». («En marzo, los activistas hicieron un llamamiento al Congreso para que destinara el dinero de la ayuda del COVID a la administración electoral. Encabezados por la Leadership Conference on Civil and Human Rights, más de 150 organizaciones firmaron una carta dirigida a todos los miembros del Congreso solicitando 2.000 millones de dólares en fondos electorales. Tuvo cierto éxito: la Ley CARES, aprobada ese mismo mes, contenía 400 millones de dólares en subvenciones para los administradores electorales estatales»).

Y luego empiezan a recibir fondos privados. Zuckerberg les suelta 300 millones: «La filantropía privada entró en la brecha. Una serie de fundaciones aportaron decenas de millones en fondos para la administración electoral. La Iniciativa Chan Zuckerberg aportó 300 millones de dólares».

Especialmente interesante es lo que el informe dice sobre la «guerra de noticias». Así, por ejemplo: «Laura Quinn, una veterana operadora progresista que cofundó Catalist, comenzó a estudiar este problema hace unos años. Dirigió un proyecto secreto y sin nombre, del que nunca ha hablado públicamente, que rastreaba la desinformación en Internet y trataba de averiguar cómo combatirla. «

El informe también resalta la importancia que tuvo el activismo, para el voto por correo, del «National Vote at Home Institute».

Y lo más terrible.

“Y Queen llega a la conclusión de que no hay que contraargumentar contra el adversario, sino simplemente silenciarlo: «La solución, concluyó, era presionar a las plataformas para que hicieran cumplir sus normas, tanto eliminando contenidos o cuentas que difundieran desinformación como vigilando más agresivamente en primer lugar».

Zuckerberg entonces se suma a la causa: «En noviembre de 2019, Mark Zuckerberg invitó a nueve líderes de los derechos civiles a cenar en su casa, donde le advirtieron del peligro de las falsedades relacionadas con las elecciones que ya se estaban extendiendo sin control.»